El síndrome post vacacional, según la Dra. Pilar Lusilla, nuestra especialista en salud mental
¿Quién no ha sentido pereza ante la perspectiva de reincorporarse al trabajo después de las vacaciones? Hay muchos mitos con respecto al llamado síndrome postvacacional: en primer lugar hay que aclarar que a pesar de su nombre no es una enfermedad concreta ni tiene un reconocimiento específico como tal, en segundo lugar tampoco es algoLeer más
¿Quién no ha sentido pereza ante la perspectiva de reincorporarse al trabajo después de las vacaciones?
Hay muchos mitos con respecto al llamado síndrome postvacacional: en primer lugar hay que aclarar que a pesar de su nombre no es una enfermedad concreta ni tiene un reconocimiento específico como tal, en segundo lugar tampoco es algo que ocurra siempre ni en todas las personas.
El síndrome postvacacional consiste en una serie de manifestaciones emocionales que la persona experimenta como consecuencia de una anticipación ansiosa unos o dos días previos de volver al trabajo, tras el periodo vacacional (normalmente estival por ser el más largo) y puede alargarse hasta unas dos o tres semanas después de la vuelta.
Objetivamente es natural que sintamos pereza de abandonar ese estado bienaventurado de relax, la falta de obligaciones y de fluir que se da en las vacaciones y que sólo de pensar en volver a madrugar, a estar sujeto a horarios y al estrés del trabajo nos produzca un ligero pellizco en el estómago. El periodo postvacacional supone abandonar el dulce descanso y reemprender rutinas diarias y ritmos de vida mas acelerados a los que nuestro organismo tiene que volver a adaptarse, y adaptarse de nuevo cuesta. Nuestro cerebro necesita un tiempo para volver a aclimatarse al ritmo laboral: ¿Quién no se ha plantado delante del ordenador el primer día de trabajo y se queda en blanco tratando de recordar la contraseña? Eso es una buena señal, ¡hemos conseguido desconectar!
Pero el síndrome posvacacional va un poco más allá. Ocurre cuando la persona anticipa de forma negativa lo que puede encontrar al retornar al trabajo. Quizá anticipa una sobrecarga porque tiene que suplir a compañeros o quizá anticipa que debe volver una actividad laboral que no le satisface o anticipa que va a tener que volver a relacionarse con tal o cual persona con la que no se lleva bien. Esta anticipación negativa conlleva un estrés del que hay que aprender a mitigar.
La anticipación negativa de tales circunstancias puede producir ansiedad, inquietud, dificultades para conciliar el sueño, trastornos del apetito, irritabilidad y apatía, manifestaciones todas ellas del síndrome postvacacional.
Ahora bien ¿qué podemos hacer?
No siempre está en nuestra mano cambiar un trabajo que no nos satisface, pero sí que podemos organizarlo de manera que encontremos algún elemento que nos motive. Empezar a trabajar a mitad de semana, un miércoles, por ejemplo hace que la semana sea más corta y nos ayuda a adaptarnos al ritmo y a mitigar la avalancha de trabajo. Cuidar las relaciones sociales, interesándonos por las vacaciones de los demás o compartiendo algo de las nuestras, permitiéndonos tiempo para ese café de media mañana puede hacernos sentir mejor y más conectados con el trabajo.
Evitar resolver todos los asuntos pendientes, correos electrónicos etc el primer día o la primera semana e invertir un poco de tiempo en organizar las tareas y establecer prioridades también puede contribuir a disminuir el estrés.
En suma, pensar que no vamos durante la primera o segunda semana rendir al mismo ritmo que cuando iniciamos las vacaciones, que nuestro organismo necesita un tiempo de adaptación y debemos dárselo para no acabar estresados y con la sensación de que las vacaciones no han servido para desconectar.
Es importante mantener hábitos saludables “veraniegos”: dormir suficiente, cuidar la alimentación y realizar actividades placenteras que “alarguen” la sensación de vacaciones, pero sobre todo es esencial mantener una actitud positiva y darnos tiempo para que nuestro cuerpo y nuestra mente se reinstalen de forma gradual y satisfactoria en lo cotidiano.
En cualquier caso, si la persona no puede por sí sola afrontar el estrés que siente ante su trabajo, tiene síntomas importantes y duraderos que afectan a su calidad de vida (como por ejemplo no poder conciliar el sueño, o despertarse de madrugada, angustia o depresión ) o si la persona se siente emocionalmente exhausta, siente que su trabajo no tiene valor o no se siente reconocida (todo ello es expresión de que está “quemada” por el trabajo) es hora de consultar con un especialista. El apoyo profesional de un psicólogo o un psiquiatra puede ayudar a las personas. Con diferentes técnicas que van de la terapia cognitivo conductual, el mindfulness o la terapia motivacional a recuperar la homeostasis y el equilibrio perdido.
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